Con Alas de Luz

Es el sitio de nidificación más importante del cisne blanco
de cuello negro. Ocupa más de 11 mil hectáreas que fueron
siempre fuente de vida, con vegetación lacustre y la arrogante
belleza de sus aves zancudas. La implantación de peces alteró
su ecosistema, y hoy se busca recuperar el equilibrio para
salvar su biodiversidad.
Miles de años antes de estos tiempos, cuando
la Tierra se estremeció y el gran plegamiento
hizo que se alzara la andina columna vertebral
americana y en lo que eran las profundidades del
Pacífico se delineó lo que hoy es la provincia del
Neuquén, decenas de grandes y pequeñas lagunas
quedaron encerradas en lo que sería la actual estepa
patagónica.
Los relatos más antiguos, recogidos
de los relatos de otros
relatos más antiguos
todavía, ya hablaban
de la Laguna Blanca,
un nombre surgido de
la observación, cuando
en los meses del verano austral el espejo del oeste
neuquino se cubría de un albo pleno dado por
el plumaje de miles de cisnes que habían hecho,
de ése, su lugar en el mundo. Hoy, miles de años
después, pero a pocas décadas (1940) de que el
hombre debiera crear allí un área reservada para
proteger el sitio de nidificación más importante del
cisne blanco de cuello negro, apenas unos cientos
de ellos pueblan la laguna y, con la ayuda humana,
pelean para no desaparecer de la faz del planeta.
A 2.200 kilómetros de los montes chaqueños, a
1.900 del avasallante manto sojero de la pampa
santafesina, a 1.500 de las moles de cemento
porteñas, en Neuquén, la naturaleza violada trata
de asegurarles un lugar a los suyos. ¿Estamos en
una lucha desigual, porque los peces implantados
en una laguna donde jamás había habido un
pez han alterado el hábitat natural del cisne, de
la ranita acuática patagónica y de otras especies
animales y vegetales, y siguen desarrollándose sin
que el hombre haya dado, todavía, con la forma
de manejar el crecimiento descontrolado de esas
poblaciones foráneas que se devoran el alimento
propio de las especies que conformaban la natural
biodiversidad de la Laguna Blanca¿, dice Arturo
Costa Álvarez, intendente del Parque Nacional
Laguna Blanca. El último registro de la ranita
patagónica data de 1985. Sólo sobrevive en otras
áreas alejadas de la provincia, lo que llevó a que
en 2004 la Unión Mundial para la Naturaleza la
declarara especie en peligro de extinción.
Está claro que el Parque Nacional Laguna Blanca
todavía es la casa del cisne de cuello negro. Para
la ranita patagónica
lo fue. La historia que
hoy se intenta revertir a
través de dos proyectos
ejecutados por Parques
Nacionales y la
Universidad Nacional del Comahue, y financiados
desde el exterior por el Fondo de Humedales para
el Futuro, de la Convención Ramsar, comenzó
en 1943, cuando en el espejo se sembraron
embriones de truchas, una especie exótica, y
de percas, un salmónido de la región pero no
propio de la Laguna. Unas y otras se convirtieron
rápidamente en plaga e impactaron en la flora
y la fauna. Además, todas las aves naturales del
lugar empezaron a padecer distintas dolencias al
sufrir las mordeduras de los peces en la delicada
piel rosada de sus patas. En 1980 se estimaba que
la población de cisnes de cuello negro se había
reducido a no más de 4.500 ejemplares y las ranas
ya no eran visibles en cualquier sitio. En 1985,
el reporte escrito de un guardaparques reveló el
avistaje del último batracio. Sólo se encuentran, y
no muchas, en las 21 lagunas más pequeñas de la
región. De los cisnes no habría hoy más de 250,
reflexiona el guardaparques Fernando Zanona.
PESCA DE CONTROL
La doctora en Biología Silvia Ortubay, una de las
responsables de los proyectos con los que se busca
revertir el desequilibrio ambiental, recuerda que a
la depredación provocada por truchas y percas
debe agregarse un problema de vieja data: el
uso intensivo que hacen los ganaderos de las
tierras del Parque, utilizando a la Laguna como
sitio de pastoreo y abrevadero de sus animales,
con la consiguiente destrucción de vegetación
y el pisoteo de las costas. Además, el área es
utilizada por los pobladores vecinos como
refugio del ganado en tránsito entre los sitios de
veranada e invernada. Por eso, los proyectos en
desarrollo buscan reducir la carga de ovinos y
vacunos en determinados sectores y promover
la pesca con redes, de manera de disminuir la
población de los peces introducidos.
La experiencia apunta, entre otras, a la idea
de crear y sostener una pesquería artesanal
que, en beneficio de los pobladores del lugar,
permita procesar las piezas extraídas para su
comercialización en forma de pastas, ahumados,
conservas y escabeches. ¿La intención es aprovechar
la pesca de control para crear nuevas perspectivas
socioeconómicas a partir de la pesquería y sus
subproductos y a través de la capacitación de
los pobladores¿, explicó Costa Álvarez. Desde
el momento en que se estableció la factibilidad
de la reducción poblacional mediante la pesca
con redes, los sitios posibles de extracción y la
respuesta de la localidad de Zapala ¿distante
32 kilómetros¿ frente a la disponibilidad de
pescado fresco, se extendió un permiso de
captura a los miembros de la comunidad
mapuche Zapata, que tiene tierras dentro del
Parque. Las dos primeras toneladas extraídas
fueron entregadas a la Municipalidad de Zapala,
que las distribuyó con excelente receptividad de
la población, pese a que el pescado no estaba
integrado a su dieta regular.
EQUILIBRIO AMBIENTAL
Quienes conocieron por el relato de los abuelos
que la Laguna siempre fue fuente de vida -con la
arrogante belleza de sus aves zancudas y la gracia
de la ranita saltarina,
las espadañas, las
totoras y los arbustos
espinosos para enfrentar
los riesgos de un
hábitat austero pero
agresivo-, los proyectos
de reversión del desequilibrio ambiental son
bienvenidos. Los pobladores de la zona saben
que la pesca planificada y controlada puede abrir
expectativas hasta ahora impensadas. Y saben
que es la única alternativa visible allí, donde la
supervivencia hay que ir a intentarla en Zapala,
Aluminé o a cientos de kilómetros de distancia,
en la Argentina misma o tal vez en Chile.
Quizás, también, puedan ser partícipes, como
los abuelos, del retorno de aquel ciclo natural
que se iniciaba todos los años, entre noviembre y
marzo, cuando los cisnes tan blancos de cuello tan
negro anidaban cerca de la orilla, en los lugares
protegidos por las cortaderas, las espadañas y las
totoras. La hembra, incubando pacientemente
durante cinco semanas esos seis o siete huevos
de color crema y tamaño aproximado al doble
del de una gallina, hasta que unos polluelos de
movimientos torpes rompan el cascarón y, casi
como en un acto reflejo, se metan entre las alas
de sus adultos para recibir calor o se monten al
lomo materno para ser transportados. El macho,
centinela contumaz, envolviendo en círculos
el nido, dispuesto a no tolerar ni el paso de
otro cisne ni el aleteo
de algún pato. Como
los abuelos, entonces,
mapuches y turcos,
gallegos y armenios, los
hijos de esa tierra y todos
los hijos de todos los
inmigrantes que poblaron la Patagonia volverán,
otra vez, ahora sin intrusos, a vivir en el reino
eterno del viento.
Andrés Gaudin
Fotos: Gentileza Administración de Parques Nacionales