Revista Cosas Nuestras
Nº 14 - Neuquén
Con Alas de Luz



Es el sitio de nidificación más importante del cisne blanco de cuello negro. Ocupa más de 11 mil hectáreas que fueron siempre fuente de vida, con vegetación lacustre y la arrogante belleza de sus aves zancudas. La implantación de peces alteró su ecosistema, y hoy se busca recuperar el equilibrio para salvar su biodiversidad.
Miles de años antes de estos tiempos, cuando la Tierra se estremeció y el gran plegamiento hizo que se alzara la andina columna vertebral americana y en lo que eran las profundidades del Pacífico se delineó lo que hoy es la provincia del Neuquén, decenas de grandes y pequeñas lagunas quedaron encerradas en lo que sería la actual estepa patagónica.

Los relatos más antiguos, recogidos de los relatos de otros relatos más antiguos todavía, ya hablaban de la Laguna Blanca, un nombre surgido de la observación, cuando en los meses del verano austral el espejo del oeste neuquino se cubría de un albo pleno dado por el plumaje de miles de cisnes que habían hecho, de ése, su lugar en el mundo. Hoy, miles de años después, pero a pocas décadas (1940) de que el hombre debiera crear allí un área reservada para proteger el sitio de nidificación más importante del cisne blanco de cuello negro, apenas unos cientos de ellos pueblan la laguna y, con la ayuda humana, pelean para no desaparecer de la faz del planeta.

A 2.200 kilómetros de los montes chaqueños, a 1.900 del avasallante manto sojero de la pampa santafesina, a 1.500 de las moles de cemento porteñas, en Neuquén, la naturaleza violada trata de asegurarles un lugar a los suyos. ¿Estamos en una lucha desigual, porque los peces implantados en una laguna donde jamás había habido un pez han alterado el hábitat natural del cisne, de la ranita acuática patagónica y de otras especies animales y vegetales, y siguen desarrollándose sin que el hombre haya dado, todavía, con la forma de manejar el crecimiento descontrolado de esas poblaciones foráneas que se devoran el alimento propio de las especies que conformaban la natural biodiversidad de la Laguna Blanca¿, dice Arturo Costa Álvarez, intendente del Parque Nacional Laguna Blanca. El último registro de la ranita patagónica data de 1985. Sólo sobrevive en otras áreas alejadas de la provincia, lo que llevó a que en 2004 la Unión Mundial para la Naturaleza la declarara especie en peligro de extinción.

Está claro que el Parque Nacional Laguna Blanca todavía es la casa del cisne de cuello negro. Para la ranita patagónica lo fue. La historia que hoy se intenta revertir a través de dos proyectos ejecutados por Parques Nacionales y la Universidad Nacional del Comahue, y financiados desde el exterior por el Fondo de Humedales para el Futuro, de la Convención Ramsar, comenzó en 1943, cuando en el espejo se sembraron embriones de truchas, una especie exótica, y de percas, un salmónido de la región pero no propio de la Laguna. Unas y otras se convirtieron rápidamente en plaga e impactaron en la flora y la fauna. Además, todas las aves naturales del lugar empezaron a padecer distintas dolencias al sufrir las mordeduras de los peces en la delicada piel rosada de sus patas. En 1980 se estimaba que la población de cisnes de cuello negro se había reducido a no más de 4.500 ejemplares y las ranas ya no eran visibles en cualquier sitio. En 1985, el reporte escrito de un guardaparques reveló el avistaje del último batracio. Sólo se encuentran, y no muchas, en las 21 lagunas más pequeñas de la región. De los cisnes no habría hoy más de 250, reflexiona el guardaparques Fernando Zanona.

PESCA DE CONTROL



La doctora en Biología Silvia Ortubay, una de las responsables de los proyectos con los que se busca revertir el desequilibrio ambiental, recuerda que a la depredación provocada por truchas y percas debe agregarse un problema de vieja data: el uso intensivo que hacen los ganaderos de las tierras del Parque, utilizando a la Laguna como sitio de pastoreo y abrevadero de sus animales, con la consiguiente destrucción de vegetación y el pisoteo de las costas. Además, el área es utilizada por los pobladores vecinos como refugio del ganado en tránsito entre los sitios de veranada e invernada. Por eso, los proyectos en desarrollo buscan reducir la carga de ovinos y vacunos en determinados sectores y promover la pesca con redes, de manera de disminuir la población de los peces introducidos.

La experiencia apunta, entre otras, a la idea de crear y sostener una pesquería artesanal que, en beneficio de los pobladores del lugar, permita procesar las piezas extraídas para su comercialización en forma de pastas, ahumados, conservas y escabeches. ¿La intención es aprovechar la pesca de control para crear nuevas perspectivas socioeconómicas a partir de la pesquería y sus subproductos y a través de la capacitación de los pobladores¿, explicó Costa Álvarez. Desde el momento en que se estableció la factibilidad de la reducción poblacional mediante la pesca con redes, los sitios posibles de extracción y la respuesta de la localidad de Zapala ¿distante 32 kilómetros¿ frente a la disponibilidad de pescado fresco, se extendió un permiso de captura a los miembros de la comunidad mapuche Zapata, que tiene tierras dentro del Parque. Las dos primeras toneladas extraídas fueron entregadas a la Municipalidad de Zapala, que las distribuyó con excelente receptividad de la población, pese a que el pescado no estaba integrado a su dieta regular.

EQUILIBRIO AMBIENTAL



Quienes conocieron por el relato de los abuelos que la Laguna siempre fue fuente de vida -con la arrogante belleza de sus aves zancudas y la gracia de la ranita saltarina, las espadañas, las totoras y los arbustos espinosos para enfrentar los riesgos de un hábitat austero pero agresivo-, los proyectos de reversión del desequilibrio ambiental son bienvenidos. Los pobladores de la zona saben que la pesca planificada y controlada puede abrir expectativas hasta ahora impensadas. Y saben que es la única alternativa visible allí, donde la supervivencia hay que ir a intentarla en Zapala, Aluminé o a cientos de kilómetros de distancia, en la Argentina misma o tal vez en Chile. Quizás, también, puedan ser partícipes, como los abuelos, del retorno de aquel ciclo natural que se iniciaba todos los años, entre noviembre y marzo, cuando los cisnes tan blancos de cuello tan negro anidaban cerca de la orilla, en los lugares protegidos por las cortaderas, las espadañas y las totoras. La hembra, incubando pacientemente durante cinco semanas esos seis o siete huevos de color crema y tamaño aproximado al doble del de una gallina, hasta que unos polluelos de movimientos torpes rompan el cascarón y, casi como en un acto reflejo, se metan entre las alas de sus adultos para recibir calor o se monten al lomo materno para ser transportados. El macho, centinela contumaz, envolviendo en círculos el nido, dispuesto a no tolerar ni el paso de otro cisne ni el aleteo de algún pato. Como los abuelos, entonces, mapuches y turcos, gallegos y armenios, los hijos de esa tierra y todos los hijos de todos los inmigrantes que poblaron la Patagonia volverán, otra vez, ahora sin intrusos, a vivir en el reino eterno del viento.

Andrés Gaudin
Fotos: Gentileza Administración de Parques Nacionales
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