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Nº 23 - Buenos Aires
LA CIUDAD ENCANTADA
ARQUITECTURA PORTEÑA

Buenos Aires ostenta en sus edificios un prodigioso patrimonio arquitectónico en el que se pueden leer historias de la ciudad y de su gente. Muchas de ellas son auténticas leyendas o cuentos surcados por dramas y romances. Levantar la mirada, entonces, puede convertirse en una experiencia deslumbrante.



Es como los cuentos, esos relatos maternos que a la hora del sueño hablan de princesas, episodios del amor y asuntos casi metafísicos donde todo aparece cargado de simbolismo y los personajes encajan con las historias, y con la historia, casi como si formaran parte de un mecanismo perfecto. Sí, así es la arquitectura de Buenos Aires. En las cúpulas que visten la Avenida de Mayo de punta a punta, de plaza a plaza, de Poder a Poder, desde la Casa Rosada hasta el Congreso. En las bellísimas casonas de Colegiales y Palermo. En los gélidos cubos de aluminio y vidrio azogado de Catalinas Norte. En los edificios de escala menor y tradición mayor de San Telmo, La Boca o Puerto Madero. O en las características bien marcadas de cada barrio porteño. Y hay emblemas, además, todos con su carga de leyenda y un estilo indefinido, ecléctico sin dudas, que sin embargo atrae como un poderoso imán, y por igual, a expertos y neófitos.

CON DRAMA Y ROMANCE

En la esquina de Belgrano y Perú, el Otto Wulf se muestra para el asombro en cada uno de sus sesenta metros de altura. En la historia, mitad dramática mitad romántica que le dio nacimiento. En el rostro y en la actitud de cada uno de los atlantes, esas enormes esculturas que simulan cargar el edificio. En las figuras de animales propios de la fauna argentina. En las dos cúpulas –diferentes entre sí– que lo coronan, poniendo belleza sobre sendos tanques de agua así disimulados en aras de la armonía arquitectónica. Fue inaugurado en 1914 como embajada del Imperio Austrohúngaro, pero esa función fue tan efímera como el soplo de vida que le quedaba al propio Imperio, disuelto en 1918, al finalizar la Primera Guerra Mundial. Desde la segunda mitad del siglo pasado es uno más de los edificios de oficinas del viejo barrio de Monserrat.

La construcción es un silencioso homenaje al emperador Francisco José y su esposa Isabel de Baviera, inmortalizada por el cine como la bella Sissi Emperatriz. Como una de las cúpulas está rematada por un sol y la otra por una corona, se conjetura que simbolizan a cada uno de los integrantes de la célebre pareja. Sin embargo, ni el arquitecto danés Morten Rönnow (que proyectó el edificio) ni el empresario naviero Nicolás Mihanovich (que ordenó la construcción) jamás hablaron de este simbolismo. A partir del segundo piso, ocho grandes atlantes “sostienen” la edificación. Lo curioso es que cada uno representa a las artes y oficios relacionados con la construcción (herrero, carpintero, albañil, forjador, aparejador y escultor) y al jefe de obras y al mismo Rönnow. Pero más curioso aún es que el rostro de las figuras está dado por los rasgos de aborígenes argentinos.



LEYENDA DE ALTURA

En el barrio de Retiro, frente a la Plaza San Martín, domina desde 1934 el Kavanagh, un gigante tan blanco como simétrico, y portador de una apasionante leyenda que recuerda la historia de Romeo y Julieta. En su momento, sus 120 metros de altura se destacaron por varios motivos. El edificio era el más alto de América Latina, el primero con aire acondicionado central y la mayor estructura de hormigón armado del mundo. En un tiempo de ornamentos recargados, se caracterizó por la austeridad de sus líneas, apenas rotas por la sucesión de terrazas, fruto de su diseño escalonado. No sorprende, entonces, que en 1936 haya recibido el Premio Municipal de Casa Colectiva, que en 1939 lo haya distinguido el American Institute of Architects y, años después, la Sociedad de Ingenieros de Estados Unidos lo galardonara, junto con el Canal de Panamá y la Torre Eiffel, los tres por sus “especialísimas características técnicas”.

En medio del deslumbramiento, la sociedad porteña se ocupó de crear una leyenda acorde. Ella dice que la irlandesa Corina Kavanagh vendió hasta la última hectárea de sus vastedades para construir la mole. Todo por despecho y en venganza, porque ella (burguesa rica) había osado enamorarse de un Anchorena (patricio) y como todo el mundo sabe desde los tiempos de Shakespeare, un patricio y una burguesa pueden hacer buenas migas y hasta tener muchos hijos, pero jamás conformar una familia bendecida. Entonces Mercedes Castellanos de Anchorena dijo no y se encerró en su mansión, el Palacio Anchorena, hoy llamado Palacio San Martín (sede del Ministerio de Relaciones Exteriores), un sitio con vista privilegiada a la Basílica del Santísimo Sacramento (sobre la calle San Martín), que ella misma había mandado construir para que fuera el futuro sepulcro familiar. Y Corina dijo sí y mandó levantar su edificio justo para que doña Mercedes se perdiera para siempre la vista de su propia iglesia. La leyenda tiene otras versiones, pero todo es falso, porque Mercedes murió catorce años antes de que se inaugurara el edificio. Lo único cierto es que hoy el Palacio Anchorena no existe con tal nombre y el templo nunca llegó a ser sepulcro familiar de nadie, mientras que el Kavanagh goza de fama renovada y que para ver el frente de la Basílica hay que hacerlo por un pasaje que se llama, justamente, Corina Kavanagh.

HONRAS PARA FELICITAS

Antes, mucho antes que el Otto Wulf y el Kavanagh, en 1879, en el barrio de Barracas y frente a lo que hoy es la Plaza Colombia, había visto la luz la Iglesia Santa Felicitas, construida por la familia Guerrero-Cueto para honrar la memoria de su hija, asesinada por uno de sus pretendientes en un episodio que apasionó a las tertulias femeninas porteñas, hacía rato huérfanas de noticias escabrosas o que parecieran serlo. Cuando la niña tenía 16 años eran muchos sus pretendientes, y aunque ella amaba a Enrique Ocampo sus padres le impusieron a Martín de Álzaga, dueño de todos los campos, heredero del mayor traficante de esclavos y armas que conociera el país desde los tiempos de la colonia e infinitamente mayor que ella. Tenía 61 años y mala salud. Tuvo un hijo, y se lo llevó el cólera, y un año después, cuando ella ya tenía 25, murió su esposo, nunca se supo de qué. Después del luto arreciaron los pretendientes y reapareció Ocampo, pero ahora fue ella la que dijo no y optó por Manuel Sáenz Valiente, un rico hacendado que había heredado la fortuna de Anselmo Saénz Valiente, otro célebre tratante de negros. Con dos balazos en la cabeza y su suicidio, Ocampo cerró esta leyenda que en realidad es historia y que dejó para el patrimonio público una de las más bellas parroquias de la ciudad.

LA DIVINA CONSTRUCCIÓN



En Avenida de Mayo y San José, Monserrat también, los cien metros del Barolo muestran uno de los edificios emblemáticos de Buenos Aires. Nacido sin estilo propio, en una época alguien pretendió incluirlo dentro del renacentismo, pero muchos historiadores de la ciudad prefieren decir que es una muestra del “remordimiento italiano”. El sarcasmo está dirigido a Luis Barolo, un inmigrante italiano que en 1923 quiso dejar su legado a la ciudad donde había anclado cuando llegó para “hacerse la América”, y se la hizo. El proyectista del edificio fue el arquitecto romano Mario Palanti, un alucinado estudioso de Dante Alighieri. Cuentan que Palanti convenció a Barolo sobre la inminencia de una nueva guerra y de la necesidad de resguardar, aquí, los restos del Dante, que reposaban en Ravena (Italia).

En el edificio sobran las referencias al poeta florentino. Las bujías del faro que lo corona representan los nueve coros angelicales de La Divina Comedia. Sobre el faro está la Cruz del Sur, que año tras año, al anochecer de los primeros días de junio, se ve alineada con el eje del Barolo. El plano del edificio se hizo sobre la base de la sección áurea y el número de oro, proporciones y medida cifradas en el poema del Dante. La construcción, como la obra literaria, está dividida en tres partes: Infierno, Purgatorio y Paraíso, y el faro es Dios. Los cantos de La Divina Comedia son cien, como la altura en metros del edificio. La mayoría de los cantos tienen 11 o 22 estrofas. Los pisos están divididos en 11 módulos y hay 22 módulos de oficinas. De acuerdo con la delirante (¿o genial?) idea de Palanti, las cenizas del Dante descansarían bajo la bóveda central, sobre un punto de la planta baja donde hoy existe un kiosco. Para eso creó una estatua, la Ascensión, que representaba el espíritu del poeta apoyando sus pies sobre un cóndor que lo llevaría al Paraíso. De alguna manera, Dante saldría del Purgatorio hacia el Paraíso, pasando por la Cruz del Sur. Más precisamente, en Avenida de Mayo y San José, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Andrés Gaudin
Fotos: José Luis Raota y Ente Turismo de Buenos Aires


PARA RECONOCERNOS EN NUESTRA IDENTIDAD
Lic. Liliana Barela (*)

“Mirar hacia arriba” cuando caminamos es una de las primeras recomendaciones de cualquier maestro de arte o arquitectura. En el artículo La ciudad encantada Andrés Gaudin nos invita a lo mismo y nos dice, también, que existen historias, muy nuestras, engarzadas y escondidas en el tejido urbano de nuestra ciudad. Las edificaciones guardan historias porque cada una de ellas está ligada a seres humanos y es producto de contextos sociales, económicos, culturales o políticos específicos. Son esas historias, esos contextos, y la mirada que hacemos de ellos –no otra cosa– lo que convierte a nuestros edificios o monumentos en patrimonio. El concepto de patrimonio es una construcción histórica. La prueba está en que en cada época valoramos diferentes construcciones y distintas expresiones culturales.

Buenos Aires es una ciudad que vive. Desde sus orígenes estuvo signada por un cambio permanente que fue celebrado como síntoma de desarrollo y modernidad. Sólo hace pocos años se hizo evidente una demolición vertiginosa, la desaparición de sitios que nos habían parecido eternos, y su reemplazo por edificaciones estandarizadas y análogas a las de muchas otras partes de un mundo cada vez más uniformado. Ello despertó la preocupación por el cuidado del patrimonio arquitectónico y el interés por rescatar y preservar los rasgos que nos diferencian, que nos confieren identidad. Desde entonces, nos hemos esforzado desde el Estado por llevar a cabo una acción permanente de protección y sensibilización, por construir criterios de valoración y sustentabilidad. Una cúpula, un frente, una ventana, un monumento restaurado y puesto en valor, o el simple caminar por una calle arbolada sin carteles publicitarios, son todos elementos que hacen al verdadero placer de vecinos y visitantes, permiten conocer nuestra ciudad presente y pasada, y así reconocernos a nosotros mismos como partícipes de una historia y una cultura.

(*) Directora General de Patrimonio e Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires

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