El reino de la pasión
La capital correntina se pone en movimiento durante la fiesta del
Rey Momo, cuando miles de comparseros bailan en trajes de plumas,
brillos y lentejuelas. Los preparativos duran todo el año, con
inagotables horas de trabajo y fuertes rivalidades entre las
principales comparsas, Ará Berá y Sapucay.
Cuando las luces
del corsódromo Nolo Alías se enciendan y la voz del locutor anuncie por
los altoparlantes el ingreso de la comparsa Ará Berá, Valeria Inés
Morilla olvidará todos los temores y, enfundada en su traje de luces,
saldrá a la pista poniendo toda la pasión que una comparsera puede
llevar en la sangre. Avanzará llena de orgullo, como si formara parte
de una legión victoriosa y, junto con ella, los cuatrocientos
integrantes de la comparsa del rayo (símbolo que los identifica) se
convertirán en una marea multicolor que inundará la pista. Las mujeres,
vistiendo minúsculos trajes de plumas, strass, piedras y lentejuelas,
desplegarán su histrionismo con sensuales movimientos de caderas,
piernas y manos, y los hombres, algunos blandiendo instrumentos
musicales, ejecutarán sus compases al ritmo del samba, despertando
entre el público gritos de alegría y admiración. La edición del
carnaval correntino habrá dado inicio y Momo, Hijo de la Noche, Rey de
la Locura y de la Burla, respirará satisfecho.
Centenares de
niños, jóvenes y adultos se preparan durante gran parte del año para el
momento en que se den cita en el corsódromo ubicado en las afueras de
la ciudad capital. Cada fin de semana de febrero, como si se tratase de
un ritual inexorable, pasarán a ser integrantes de las comparsas. Dos
comparsas ganan, en la actualidad, la atención de la gente: Ará Berá,
cuyo significado en lengua guaraní es Luz del Cielo, y Sapucay
-representada con el símbolo del gallo- que nació como un
desprendimiento de la tradicional Copacabana. El enfrentamiento de las
principales comparsas es un clásico en la vida correntina -algo así
como un Boca-River-, que supo generar enemistades y enojos perdurables.
A tal punto que dicen que nadie puede ser neutral. Estos sentimientos
alcanzan su clímax en el carnaval, cuando cada noche, frente a más de
40 mil espectadores que llegan de todo el país, las pasiones se
despliegan en una mezcla de brillo, color y alegría. Es que el carnaval
correntino tiene payé.
ROMPER LANZAS 
"Nooo",
gritan al unísono Belén Jantus, Marcela Fernández Picchio y su madre
Elisa, las tres integrantes de la comparsa Sapucay, entre nerviosas y
divertidas. "Te vamos a matar", le dicen al hombre que las acaba de
confundir como miembros de la rival, Ará Berá. Años atrás, familias
enteras llegaron a dividirse por el mero hecho de que alguien elegía
una comparsa que no era la propia; amigos de toda la vida rompieron
lanzas y hasta sociedades fructíferas se vieron arruinadas por el
ardor. Hoy en día los jóvenes se han hecho cargo de una rivalidad menos
enconada. Según cuenta Valeria Morilla, los chicos y las muchachas de
comparsas rivales se suelen reunir "para practicar los pasos de baile,
aunque al día siguiente en el corsódromo nos saquemos los ojos",
haciendo lo imposible para ganarse la simpatía del público y el voto
decisivo del jurado. Oscar Portela, reconocido poeta y periodista
correntino, afirma que el carnaval "revive las disputas históricas que
dividieron a la provincia durante décadas. El precarnaval anticipa las
intensidades de un duelo, en el cual las identidades sociales,
políticas, ideológicas, sucumben y se intercambian". Muchos de los
participantes y fanáticos adhieren a una u otra comparsa por una
cuestión de herencia familiar. Es común que un padre o una madre
influyan en el momento de la elección. Si la tradición se rompe sucede
lo que ocurrió con Valeria Morilla que, cuando le dijo a su mamá hincha
perdida de Sapucay, "yo bailo en Ará Berá, le guste a quien le guste",
se tuvo que mudar a casa de su abuela paterna.
Diferente fue
el caso de Elisa Picchio, quien se hizo hincha de Copacabana porque
ésta ensayaba en la esquina de su casa, pero un padre celoso se lo
impidió. "Mirá que le lloraba, le imploraba, incluso vinieron
directivos para que fuese reina, pero nunca accedió". La frustración la
llevó a que años más tarde, casi de prepo, metiera a sus hijas en
Sapucay. Hoy Marcela, su hija menor, de un hermoso rostro y un cuerpo
envidiable, lleva con orgullo el título de solista de comparsa.
Jantus
es presidenta de Sapucay. Su belleza, templada por el paso de los años,
delata a una antigua reina de carnaval. Tanto ella como sus tres hijos
son parte de la comparsa, y su casa, en los albores de la festividad,
se ve invadida por legiones de sus integrantes. La comparsa del gallo,
a diferencia de Ará Berá, es de un origen económico más acomodado y eso
se percibe rápidamente en la vestimenta, en los cuerpos cuidados y en
los rostros distinguidos de las mujeres que la integran.
Stella
Maris Folguerá es una mujer robusta, de ojos celestes y carácter
decidido. Durante diez años esta contadora pública se dedicó, como
coordinadora, a preparar la escenografía y escribir los libretos de Ara
Berá. Según su relato, la comparsa tuvo origen en 1961 a instancias de
un grupo de adolescentes que se negaban a entrar a los bailes de
carnaval del Jockey Club vestidos de traje y corbata. Varios de esos
integrantes, uno o dos años antes habían asistido al carnaval de Paso
de los Libres, que en esa época era la única localidad correntina que
tenía un corso al estilo brasileño y que hacía hincapié en el baile
grupal. Esa situación, más el agregado de que a las chicas, por aquella
época, las dejaban salir hasta tarde siempre y cuando estuviese
asegurado el grupo de pertenencia hasta el final de la noche (lo que en
teoría impedía que las jóvenes quedaran a merced de los novios de
turno), llevó a conformar el primer grupo carnavalero.
LOS ORÍGENES 
Considerada
la Capital Nacional del Carnaval, Corrientes posee una larga
trayectoria organizando este tipo de espectáculos. La historia de la
fiesta del Momo correntino se remonta a principios del siglo pasado,
cuando familias adineradas de lo que entonces era el centro capitalino
se reunían dispuestas a celebrar la festividad entre lluvias de flores,
papel picado y serpentinas que se arrojaban unas a otras. El desfile
solía tener como epicentro la Plaza de Mayo, el Parque Mitre y las
calles San Juan, Junín y 9 de Julio, sin olvidar la rambla. Verdaderas
multitudes se acercaban al desfile de comparsas dejando atrás sus casas
abiertas e iluminadas. Se solía elegir una reina de carnaval, que iba
enfundada en traje de fantasía, y una reina de belleza que marchaba
sobre un automóvil adornado para la ocasión. Al finalizar la fiesta el
regreso a casa se realizaba a una velocidad inusual: es que el término
del desfile daba paso a la ceremonia del agua, y todo lo que se moviera
o diera signos de vida recibiría una lluvia de globos inflados con el
líquido. Pero los festejos no sólo se remitían a escenarios abiertos;
los clubes, los teatros y ciertas casas de familia llevaban a cabo
bailes de máscaras. Hacia 1950 se sumaron a los corsos del centro las
comparsas de los barrios más populares.
La primera comparsa de
la que se tenga registro en Corrientes capital data de 1959 y estaba
integrada por un grupo de señoritas con vestidos hawaianos que hicieron
su presentación en el teatro Vera. Dos años más tarde irrumpirían en
escena Ará Berá y Copacabana, agrupaciones que iban a dar origen a una
exacerbada rivalidad que se extendería en el tiempo, hasta que la
última entrara en franca decadencia, sin llegar a desaparecer pero
cediéndole la rivalidad con la comparsa del rayo a su hija dilecta,
Sapucay. La década del 70 fue la de mayor esplendor y las invitaciones
para mostrar los espectáculos solían llegar desde todo el país.
LAZOS INVISIBLES

El
carnaval, sin que nadie lo establezca, va tejiendo lazos invisibles
entre los integrantes de las comparsas. La larga convivencia de los
grupos durante los extenuantes ensayos crea códigos que se respetan.
Folguerá asegura que entre ellos no hay distingos de origen social, y
es así como muy frecuentemente se puede ver en una misma carroza o en
una misma formación de baile a una mucama junto a una profesional o a
un empresario al lado de un obrero. Según cuenta su presidenta, en
Sapucay "hay gente de bajos recursos que ahorra todo el año para
comprase su traje, sus lentejuelas, sus piedras, sus plumas. Cada chico
y chica borda su propia ropa", y no es para menos teniendo en cuenta
que hay trajes que llegan a costar 8 mil pesos. Valeria Morillo
advierte que "hay gente que tiene mucho dinero o un nombre, y vos decís
"éste no le va a dar bola a nadie" y sin embargo es uno más del montón,
que cuando tiene que ayudar, ayuda".
Para los integrantes de
las comparsas la familia, los novios y novias y los amigos pasan a ser
un soporte a la hora de trabajar en la confección de la ropa o
simplemente prestando apoyo espiritual. Las madres y abuelas, sentadas
a altas horas de la noche cosiendo lentejuelas, ya son parte de la vida
correntina. Pero, a contramano de lo que se supone, son los hombres los
que más asiduamente se dedican a la confección de los trajes de
carnaval. "Hay mucho varón que junta mucha plata bordando para las
chicas. El bordado de lentejuelas no se considera trabajo femenino",
asegura Folguerá para asombro de muchos.
Sapucay tiene la
particularidad de contar entre sus integrantes con los Sapuquines, una
versión infantil de las comparsas mayores, compuesta por chicos ciegos
y con síndrome de Down, que desfilan sobre un carro acondicionado para
ellos.
CORRIENTES ESPERA
Durante diez años el carnaval
correntino se vio interrumpido y fue recién en 1994, a instancias de
los jóvenes, que se armó un grupo de trabajo para rescatar a la
festividad del olvido. Un año más tarde, cuando Ará Berá decidió
regresar a las pistas, Stella Maris Folguerá se paró en la puerta, ante
una arcada de luces: "Mi estandartero estaba ahí paradito, cuando el
locutor del corso dice que va a hacer su ingreso la comparsa del rayo,
y entra el estandartero; me di vuelta a mirar el túnel y estaba todo el
público de pie saludando. Hasta el día de hoy cuando me acuerdo de esa
escena me emociono. La gente lloraba". Para ella, el carnaval "es una
pasión, algo que nos gusta, un vehículo de expresión que la ciudad no
te brinda. La gente que quiere escribir, tocar un instrumento, bailar,
ponerse ropa colorida, diseñar, trabajar con toda esa catarata
estética, encuentra en la comparsa su lugar para expresarse".
Cada
comparsa está conformada por entre trescientos y quinientos
integrantes, y la inversión en los trajes artesanales y las carrozas
ronda la cifra de dos y medio a tres millones de pesos. El corsódromo
Nolo Alías, que antiguamente era el Hipódromo General San Martín, tiene
una extensión de 26 hectáreas y una capacidad para 70 mil espectadores.
Más de tres mil personas suelen desfilar los fines de semana. Ará Berá
es la comparsa más victoriosa: ganó veintiuna de las veintinueve
ediciones en las que participó.
Cuando en diciembre las comparsas
y las escuelas de samba comiencen a transitar el tramo final de los
ensayos a la espera del momento en que se vuelvan a encender las luces
del corsódromo, las mujeres con sus tocados de plumas, sus coleros, sus
mallas repletas de strass, piedras y lentejuelas, y los hombres con sus
trajes de luminarias, comenzarán a exorcizar esa ansiedad que sólo
finaliza en el momento de traspasar la manga rumbo a la pista. El
carnaval de Corrientes estará otra vez vivo, con esa mezcla de alegría,
color y desenfado. Porque como bien dice Francisco Benítez: "Uno lleva
los tambores desde la panza, y es que el carnaval desde siempre va muy
dentro de nosotros".